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Aparicio Saravia

10 de setiembre de 1904

 

Lloraron los Blancos cuando aquel triste 1º de setiembre una bala te hirió, a 119 años de tu muerte te siguen llorando, muchos aún buscan tu poncho blanco entre las nubes, o se van para el Cordobés, en busca de tu legado.

¿Cómo describir al General de los Blancos? ¿Caudillo? ¿Conductor de multitudes? ¿Jefe de patriadas gauchas? ¿Líder del Partido Nacional? ¿Simplemente un gaucho bien oriental, que ofrendó su vida buscando la igualdad de los Partidos en las urnas como forma de perfeccionar la Democracia que recién se manifestaba con grandes defectos?

En el sentir de cada blanco demócrata de este país, debe estar la (o las) respuestas. Por algo será que los blancos seguimos rememorando, recordando (desde el cordis) su peripecia vital y creyendo en los ideales por él defendidos. Como escribió Alonso y Trelles, en el libro “Viejo Pancho”: “No le envidié cuando escaló la altura al paso de propicia suerte”, “Más le envidio el tesoro de ternura que despertó su repentina muerte”.

Pensando las respuestas a las preguntas del comienzo, humildemente, creo que en realidad fue un conductor montonero genial, cual, fue el Jefe de los Orientales: Artigas- “Su presencia imantaba las tropas” al decir de Luis Ponce de León.

Manuel Gálvez escribió: “Es posiblemente el más completo de los caudillos del Rio de la Plata, atrae y fascina, “quienes estuvieron a su lado, los ignorantes y los más cultos, los de espíritu sencillo y los talentosos, todos hablan de él con la más ferviente de las admiraciones y emoción enorme”.

“Lo consideran como hombre único, superior a todos, por su gran corazón y por el raro conjunto de sus virtudes humanas y militares”. “Tiene el don de mando, como todos los Caudillos, pero fuera de los combates, no impone su autoridad”. “Sus soldados lo obedecen por admiración y cariño, esta es su fuerza”. “Se hace querer y aún idolatrar, por su cordialidad para con todos, lo aman por su genio, por su espíritu democrático, por su humanismo”. “Su lenguaje es pintoresco y al alcance de los paisanos”. “A propósito de unos desertores, exclama: “¡que se vayan, con postes podridos no se hacen corrales!”,” es la cáscara que se va, el cerno queda”. El uso corriente de expresiones criollas y utilizar imágenes de campo en sus diálogos, lo aproximan a sus “muchachos”, les infunde confianza y calma en los momentos tensos, porque no vacila ni flaquea”.

Su estampa al frente de las “montoneras” sigue siendo recordada y glorificada, ha trascendido hasta nuestros días.

Cuando el destino lo puso al frente del “pueblo en armas” supo aunar todos los sectores sociales, desde el rico estanciero, hasta el más humilde peón, al gaucho (guacho) que veía en él al padre, domadores, carreros, esquiladores, troperos, pero…. También se unieron a sus gauchos, jóvenes de familias blancas que estudiaban en la capital, que creyeron en las reivindicaciones republicanas democráticas. En sus patriadas lo acompañaron (por nombrar algunos entre tantos) Carlos Roxlo, Acevedo Díaz, Luis Alberto de Herrera, Javier de Viana, Florencio Sánchez, los Ponce de León (Luis Ponce fue su secretario). La élite joven de intelectuales se apartó de los “doctores” blancos del Directorio, fue la juventud de “Divisa Blanca” la que desde la prensa dijo los principios por los que se luchaba. Era evidente que dicotomía campo-ciudad existía, que los “doctores” del Directorio le negaron el apoyo a Saravia. Conocido es el hecho de cuando el Jefe “alzado” llevó los títulos de propiedad de tierras suyas, de hermanos y de amigos leales, para ofrecerlos como respaldo para los levantamientos armados.

Para pensar: ¿Por qué ha trascendido la vida y la obra de Aparicio Saravia? ¿Por qué se produjeron las guerras civiles entre 1896-1904?

Las revoluciones Saravistas fueron la expresión de rebeldía de las masas campesinas, representantes del país real, profundo, el del levantamiento de 1811, el de la Cruzada Libertadora, el país que se oponía a las decisiones tomadas por una elite doctoral capitalina, contra el oficialismo que había encumbrado en el poder a un solo partido por más de 60 años. Es la rebelión contra las “balotas” que adulteraban el voto. Contra el fraude electoral. Es oposición contra las levas forzosas del gobierno. Es buscar eliminar el presidencialismo colorado que decía “gobernar con hombres del partido, por el partido y para el partido”. En síntesis: fue una lucha desigual en defensa de principios sagrados de una democracia: voto secreto, registro cívico permanente y depurado, coparticipación en el gobierno, elecciones libres, pureza administrativa, credencial cívica, no más balota, que era una boleta del caudillo sin valor cívico.

Las revoluciones Saravistas luchaban por conseguir lo que hoy disfrutamos: libertad de expresión del pensamiento, libertad de sufragio, voto secreto, seguridades electorales para todos por igual, representación proporcional.

Aclaramos este logro: mientras rigió la Constitución 1ª (la de 1830) todos los cargos eran para el partido que ganaba las elecciones, la minoría permanecía en el llano, sin cargos. No era una lucha por el poder, era la reivindicación del derecho a disfrutar de una democracia efectiva, compartida por todos y sustentada por el libre juego de los partidos.

No más pactos o acuerdos verbales inconstitucionales, que disimulaban la injusticia de un solo partido en el poder, había que reformar la Constitución.

Saravia fallece en 1904, pero su lucha no fue en vano, ni la muerte de tantos de sus “muchachos” que creyeron en sus propuestas.

La coparticipación, los acuerdos por las jefaturas políticas, fueron soluciones transitorias que terminaron dando más poder a los Jefes Políticos, sin solucionar el problema de fondo. Los problemas del pluripartidismo efectivo, por el que luchó Saravia hasta su muerte, se constitucionalizaron con la reforma de 1917-19. Fue el triunfo de las masas campesinas que se opusieron al centralismo oficialista de “doctorado capitalino”.

Como dijo la Prof. Ana Ribeiro en su libro sobre la Revolución de 1897, que lo denominó “Lanzas en el umbral de la Democracia”. Es inspirada la frase en la proclama de Saravia en Nico Pérez el 30 de marzo de 1903 “No es solo la lanza y la carabina, con lo que se triunfa, hay otra arma: la boleta de inscripción en los Registros Cívicos, que no debe faltar a ningún ciudadano Nacionalista, porque será así que obtendremos en la paz la victoria completa”.

Saravia es uno de los progenitores de la Democracia Nacional: peleó con las armas el derecho a prescindir de ellas para ser oído contra la exclusión que sufría el Partido Blanco.

Muerto Aparicio Saravia, se cierra el ciclo de las llamadas “guerras civiles” que transformaron al Partido Blanco en una gran unión espiritual, nucleada por el recuerdo del último gran caudillo que les proporcionó ideales propios, que nada tienen que ver con el materialismo histórico, porque la Divisa Blanca nace en época precapitalista, en el medio campesino.

Es un fenómeno de orden emocional, propio del siglo XIX y comienzos del XX. Justamente fue una de las razones del desacuerdo entre “doctores” de la capital y los caudillos.

Hace tiempo que se habla del ocaso de los Partidos tradicionales (Blancos y colorados), sin embargo, siguen de pie, fuertes, combativos, vitales, renovados. Saravia fue símbolo, represento a las masas rurales, que son las verdaderas raíces que nutren la identidad nacional. ¡Cuidado con cortar las raíces, el árbol se debilita y termina cayendo!

A continuación, intentare aproximar a los lectores al testimonio de contemporáneos y compañeros de lucha, que describen al General.

Su secretario Luis Ponce de León dice: “podía pasar hasta 16 horas sobre el lomo de un caballo, duerme al andar del pingo”.

El comandante Ramón González, que peleó con él en 1904, se expresa: “en 1902 fue nombrado Inspector de Impuestos en cerro Largo, con ese motivo conocí y traté personalmente al General Saravia”. “Era un hombre de trato afable y sencillo, tenía conversación amena y variada, con un gracejo especial que cautivaba” “Conocía a fondo todos los problemas del país” “Se notaba que leía mucho y asimilaba lo que leía” “Poseía un aire de nobleza y de presencia de gran señor que atraía y al mismo tiempo imponía respeto” “Vestía de negro y era muy pulcro en su indumentaria” “ Fue un guerrero y un soñador” “ La campaña de Brasil desarrollo sus dotes de guerrero y de conductor de hombres” “ Fueron famosas sus cargas a lanza seca” “Guerrillero de empuje fantástico dijo Luis Alberto de Herrera.

Javier de Viana, en su libro “Con Divisa Blanca” dice: “El Partido Nacional es como el coronilla; puede estar cien años bajo tierra y no se pudre”.

Refiriéndose a la existencia y subsistencia del Partido Nacional, el Prof. José de Torres Wilson, dice: “Los partidos surgen entorno a hombres o a programas, crecen, se alían con otros, se desgastan, desaparecen o son sustituidos por otros, según las circunstancias de la vida de un país” “¿Cuál ha sido la causa de la subsistencia de blancos y colorados a través de casi dos siglos de vida política uruguaya?”

El Partido Nacional ya tiene 187 años y está activo y remozado por el entusiasmo juvenil de hoy. Luego de la perdida de Saravia, el partido se modernizo dirigido por “doctores” y conductores civiles. Gracias a las luchas Saravistas; en lugar de pelear para conseguir el perfeccionamiento del sistema electoral a lanza seca, se lo hizo a través de las urnas, y dándole nuevos contenidos a la divisa blanca, pero… siempre bajo el principio de que el nacionalismo sin pueblo es una mentira.

El período de organización institucional del Partido Blanco que sobrevino después de 1904, es el gran legado del General, el que le llevó la vida.

 

Cómo vieron a Aparicio Saravia

 

Recuerdos de eminente intelectual coterráneo Dr. Emilio Oribe

 

De su niñez en Melo, nos cuenta que conoció al General viviendo con su familia en las calles hoy Saravia y Varela. Vio su transitar por la ciudad, apreció el poder de seducción que ejercía entre su gente y dentro de la tradición de su propia familia, Oribe Coronel.

Aun viviendo en casa de su abuelo, con cuatro años, narra imágenes de la Revolución de 1897, cuando llegaron «gauchos con divisas blancas y lanzas que formaban parte de la Revolución».

«Entraron a hablar con el abuelo, me acariciaron de paso, y aún veo sus ponchos, sus rostros, sus sombreros con divisas y oigo sus voces y sus espuelas»

….. me parecen hombres jóvenes, altos, alegres, valientes «. «Luego supe que mis parientes estaban entre ellos».

Con once años, Oribe presenció la Revolución de 1904, su pasaje por Melo:

«Algunos parientes murieron o fueron heridos en las batallas sangrientas contra el gobierno de Batlle. Asistí también al desfile de los ejércitos rivales por las calles de Melo. Vi la miseria del gauchaje – los hombres melenudos y descalzos, con lanzas- carabinas, sables inmensos y divisas descoloridas por el polvo, la sangre y lluvia. Como ocurre con los muchachos audaces de los pueblos, varios amigos nos metíamos en todas partes y conocíamos episodios inenarrables: luchas de lanceros. muertes heroicas, degüellos y saqueos bárbaros. Una vez vi entrar por las calles de Melo las carretas llenas de heridos de Tupambaé, más tarde las caballerías de Basilio Muñoz, con sus lanzas en alto, manchadas de sangre, formando columnas interminables.

Comprendí la fuerza y el heroísmo de aquellos muchachones algo mayores que yo, que siguieron detrás de Saravia hasta la muerte de éste, en Masoller. Por la noche, algunas veces nos entregábamos al terror colectivo, en la inminencia de la llegada de los colorados. con sus divisas rojas, sus uniformes y sus regimientos, con indios de fama terrible. Yo contemplaba todo sin distinción, amaba a unos, pero no temía conocer y entreverarme con los otros. Muchos jefes adversarios que sabían las actitudes de mi familia conversaban y buscaban bromear y discutir conmigo.

Diversos lugares y nombres nacionales en el comercio de mi padre se hicieron poderosos y legendarios Fray Marcos, Paso del Parque, Galarza y por encima de todos, Saravia y Justino Muniz.

 

Carlos Roxlo – Aceguá, julio 5 de 1897

 

Me gusta el general. Es un hombre de fe. Cree hasta en lo imposible. De gallarda estatura, tostado por el sol, de negrísimos ojos, soberbios de malicia, de negrísima barba, cuidada con esmero, lleno de dicharachos, que huelen a gramilla y a trébol verde; más grande que el peligro, por grande que éste sea; jinete como pocos; vestido a lo paisano, pero vestido bien, con su poncho que es negro y sus lindas espuelas, sonantes maravillas de fina plata, el General encanta por lo patriota, atrae por su gracejo y asombra a los más fuertes por lo sufrido, entusiasmando a todos con su fría bravura de buena ley.

Idolatra a sus tropas. Sus soldados le tienen amor y confianza. Es preciso que cuide mucho a mis indios dice- Esos tigres merecen guardarse para cría.

 

Javier de Viana – «Con divisa blanca»

 

 

Hacer el retrato del gran caudillo es empresa temeraria. No hay marco que le venga bien y mi pluma se reconoce torpe e impotente para trazar los rasgos de esa figura extraña.

-A través de esta ya larga narración, los lectores han ido viendo al excepcional caudillo, pintado en sus hechos sus dichos.

Lo que yo voy a decir, en las últimas páginas de mi relato, poco agregará a la imagen que surge de esos trozos dibujados por él mismo en los accidentes de su vida.

A pesar de cuanto digan sus detractores, los que le insultan por pasión, por ignorancia o por consigna, subordinando el espíritu de verdad y de justicia a estrechas necesidades, Aparicio Saravia es un hombre superior, quizás la figura más grande del Uruguay contemporáneo.

Para juzgarle es necesario estar lejos de él; de cerca, o intimida o deslumbra. Es uno de esos hombres a los cuales no se le puede contemplar indiferente: es preciso amarlo u odiarlo.

Muy pocos han logrado comprenderlo, porque es uno de esos seres de múltiples facetas que exigen, para ser penetrados, la observación honda y larga.

Su espíritu es como su rostro. Existen centenares de retratos del caudillo, y todos ellos difieren entre sí y ninguno es la copia fiel de su fisonomía. Observándolo a diario y muy de cerca, pude explicarme esa curiosidad que me había llamado grandemente la atención: es que aquella cabeza extraña, cambia de aspecto en absoluto según se la mire, de frente, de uno u otro perfil, de arriba o de abajo, de inmediato o de lejos, a la luz o a la sombra; y no hablo de los cambios bruscos y radicales que se operan en ese rostro, acompañando las alternativas de su estado moral.

Y su alma es igual que su rostro, y existe para hacer su retrato psíquico, la misma dificultad que para reproducir fielmente su efigie.

De estatura mediana, muy bien conformado, recia la espalda, fuerte el pecho, delgada la cintura, tiene las piernas nerviosas y muy pequeños los pies, lo mismo que las manos que él gusta de exhibir con coquetería, en frecuentes ademanes cadenciosos. Es un cuerpo que parece mandado construir de encargo para las grandes fatigas para, las actividades incansables, para los inauditos esfuerzos. A pie, aquel cuerpo que anda con movimientos pausados y desenvueltos, tiene una gracia sencilla: acaballo adquiere una belleza escultural que asombra y cautiva hasta a los viejos centauros, los férreos jinetes de antaño que montaban en pelo y domaban del copete los potros bravos de entonces.

La cabeza, guarnecida por abundante cabellera color castaño, ligeramente rizada y salpicada de raros hilos blancos, tiene mucha semejanza con una buena, noble y fuerte cabeza de león.

La frente es alta, amplia, de curva pronunciada; la nariz recta y fina, la boca pequeña coronada por un bigote de mocito, que en estos últimos tiempos han invadido las canas; las mejillas, tostadas por el sol, son un tanto descarnadas. Pero la característica de la faz del caudillo, la dan el mentón y los ojos; aquél avanza delgado y fuerte, pregonando energías; y los ojos, de color pardo, medio escondidos tras los párpados que tienen un fruncimiento orgánico, son de una movilidad y una vivacidad extraordinarias.

Habitualmente, aquella fisonomía es de placidez que asombra; y para el observador superficial, Aparicio Saravia es un vecino buen mozo, presumido en el vestir, siempre alegre, siempre risueño, teniendo siempre a su disposición alguna frase ingeniosa y picaresca, que el mismo festeja enseguida con la estrepitosa carcajada que le es peculiar. El caudillo, el águila, están más adentro. Están en el no sé qué magnético de aquella mirada dulce que fascina y cautiva y que, ayudada por una vocecita apagada y cantora, acarician y dominan en un cuarto de hora a los más enconados y rebeldes. Y están en la terrible expresión dominadora que adquieren esos ojos y esos labios y ese mentón de ave de presa, en las intensas y fugitivas cóleras del general.

 

Luis Alberto de Herrera- “Por la Patria”

 

El Saravia que nosotros hemos conocido, a ratos grave, a ratos, juguetón, siempre amistoso, no se traslada al papel, porque como las flores indígenas que sólo se dan en las soledades agrestes, él sólo se exhibe como realmente es, en el fondo de nuestras quebradas, olvidando una jerarquía que le incomoda y firme ante las responsabilidades que le absorben.

Las prendas que viste el General son aparentes, y las lleva bien, con la elasticidad de una juventud que no abdica.

Usa pantalón negro ajustado, saco del mismo color, sombrero de anchas alas que sostienen con orgullo una divisa famosa, cuyo barboquejo va puesto adelante o hacia atrás en consorcio con el pescuezo tostado y oprime su pie, notablemente pequeño, con botas granaderas de charol que atraen la atención sobre un par de espuelas con cadena sencilla, aunque de plata.

Su poncho a listas blancas y celestes antes de morir Chiquito, y teñido de negro desde entonces, es de seda con largos flecos y cubre con gallarda pereza su cuerpo, mientras una golilla también negra, le cae sobre las espaldas, prendida en sus extremos con un broche de oro compuesto de dos banderas orientales cruzadas.

Ahí está como creo verlo todavía, el guerrillero de empuje fantástico, el soldado sin mancha ni pecados, el hombre a quien el destino levanta- y él ayuda a su destino-, para lavar las heridas de la Patria y restaurar el reinado de las instituciones.

 

Prof. Teresita Pírez

 

 

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